Visiones íntimas de la pandemia 

 

Juan Camilo Álvarez

 

En este artículo reviso un par de documentales que nos permiten entender cuál fue la respuesta para manejar la crisis desatada por el COVID-19 en la ciudad de Wuhan durante los primeros cuatro meses de 2020. 76 días y Wuhan Wuhan, realizados de forma paralela y al interior de los hospitales en los que se concentró la emergencia sanitaria, enseñan tanto una forma cinematográfica como un tono que distingue el tratamiento de la información desde su intimidad en contraste con  las fuentes oficiales del gobierno chino y su censura a la prensa.

 

  1. Los gestos en Wuhan

 

76 días es un documental grabado luego del primer fallecimiento por cuenta del coronavirus el pasado nueve de enero de 2020. En el lapso de cuatro meses de grabación y desde cuatro hospitales de Wuhan, se registraron de forma paralela las labores del cuerpo médico que hizo frente a la oleada de contagios masivos, mucho antes de que el presidente chino hiciera pública la emergencia sanitaria, noticia a la que se sumó luego la Organización Mundial de la Salud. 

La película se concentra dentro de los hospitales como ningún otro medio local o internacional lo hiciera evidente, pese a la censura de prensa que se instaló en China para controlar la información sobre la pandemia y su capacidad de desplazamiento como virus. Aun así, la película se presentó en el Festival de Toronto de 2020 y desde entonces ha sido importante su reconocimiento.

La película de los directores Hao Wu, Weixi Chen y otro anónimo, inicia con el registro de Wuhan como una ciudad gigante y deshabitada, para luego dar paso al interior de los hospitales. El film empieza a descubrir algo nuevo para todos. La cámara en movimiento se dispone a largas jornadas de seguimiento, donde el personal médico se nota confundido, mientras los pacientes se encuentran conectados a diversos equipos. Del otro lado de la sala de urgencias, los familiares piden a gritos alguna razón de lo que ocurre con sus allegados.

Algo asociado con la muerte da su inesperado asomo. Una mujer es custodiada por un numeroso personal que está vestido como si se tratara de un evento espacial. No hay piel descubierta, pues los trajes blancos y azules se refuerzan con guantes, mascarillas, gafas protectoras y caretas de grandes dimensiones. La mujer que se logra distinguir entre el llanto y una voz entrecortada, solo quiere dar el adiós a su padre que yace envuelto por un gran cobertor naranja. 

76 Días es un documental que muestra la continuidad de los hechos de forma directa, sin intermediarios, entrevistas de primera mano o situaciones cordiales dentro de un set iluminado. No hay en toda la película música o reconstrucción sonora. Solo con algunos instantes netamente observacionales, se marca el día a día así como el fluir del tiempo durante los momentos más conmovedores.  

El documental capta así algunas singularidades: el uso del celular como principal herramienta de contacto para dar la noticia de los fallecimientos o las videollamadas, mensajes de texto y de voz como medios posibles de interlocución con el mundo exterior. Cada situación demuestra cómo estas nuevas disposiciones de la realidad entraron a gobernar las relaciones sociales y las dinámicas de relación con el dispositivo, cruzando tanto la vida como la muerte.

Adicional a este nuevo sistema de relaciones, la rutina en los hospitales pide labores conjuntas, que demandan aplicar los medicamentos, prestar atención a los más afectados y dar el máximo de oxígeno a quienes entraron en crisis. Desde otro frente, hay que ir y volver para estabilizar a los pacientes; luego dar de comer y prestar ayuda psicológica a quienes ahora desean la muerte. En otra parte del recinto llega la entrega de suministros médicos, toda una tarea de clasificación y distribución, mientras que en otra dependencia se registra la salida de algunos pacientes que ya cumplieron con su cuota de cuarentena.  

Como toda situación de riesgo y de horas de grabación, el tiempo de registro determina que, ante la magnitud de la emergencia, es posible encontrar diversos gestos humanos para dar equivalencia al sentir de la lucha y brindar algo de esperanza al que padece el avance de la enfermedad. 

Bajo este tipo de procedimientos donde sale a la superficie la intensa fragilidad humana, se ponen en práctica actos de blindaje para soportar la emergencia. Uno de los más significativos se concentra en inflar un guante quirúrgico para pintar una carita y escribir en cada dedo las siglas “mejórate pronto”. Esta mano plástica e inusual se convierte en apoyo para sostener el tubo que suministra el oxígeno a los pacientes intubados. De otro lado el personal médico decide hacer distinciones a sus trajes, escribiéndole todo tipo de mensajes o haciéndole dibujos grandes. Aparecen así las sonrisas en el tapabocas, la flor de loto en el corazón o el árbol de la sabiduría que cubre toda la espalda…

A estos gestos de bondad y solidaridad se une la presencia de un anciano que sufre demencia  y que gana sus adeptos entre los pasillos y habitaciones, entre las rabietas, los insultos, las risas y los llantos. Su hábito es el de llamar la atención ante el desespero por no poder ir de pesca o no escuchar a sus familiares así sea por notas de voz. Finalmente, este hombre  termina su cuarentena y el cuerpo médico le hace una calle de honor así él mismo crea que todo se trata de otra falsa ilusión para volver a casa. 

Como otro hábito incorporado, la frase “Mantente fuerte” se repite constantemente en toda la película y reemplaza así el gesto expresivo de la fría despedida. Aparece esta frase antes de colgar la video llamada, al disponerse a iniciar un turno, al asegurar que no hay piel expuesta, al estar con los pacientes día, tarde y noche.

Otro aspecto a resaltar es cuando a uno de los pacientes se le permite saborear una fruta y esta sensible expresión se transmite como si se quisiera saborear de nuevo la vida, intensificando ese placer encontrado en lo mínimo y cotidiano, que ahora la emergencia hace excepcional. 

Así mismo lo traducen unos padres que esperan con ansias a su primer bebé. En medio de la tragedia la vida restablece la lucha y así mismo se convierte en alimento para el alma. El recién nacido es cuidado en el hospital con las mejores atenciones, recibiendo caricias y nobles gestos de amor para tranquilizar su llanto. Mientras tanto, los padres deben cumplir con su tiempo de cuarentena hasta que su prueba negativa para COVID-19 les permite reencontrarse como familia. 

Este tipo de momentos sugiere que también se hace indispensable prestar atención a lo inadvertido. El personal médico es grabado ante su agotamiento o al tomarse el tiempo para estirar sus espaldas, sentarse en cualquier silla disponible para un descanso momentáneo o mostrarse incómodos con el poco aire que fluye en medio de las mascarillas. 

Cuando todo parece haber sido incorporado, uno de los médicos recibe un llamado. Se trata de su paciente recuperado, que con gratitud y en compañía de sus familiares se despide de aquél que lo recibió en uno de sus peores momentos. Paciente y médico se enlazan en un ir y venir de símbolos de victoria, cada uno da el adiós con sus brazos extendidos y así definen a la distancia su nuevo pacto de vida.

La película revela también un contraste acudiendo a los que acogen la muerte. Una enfermera desinfecta los objetos de quienes han fallecido. De forma alterna, debe preparar el papeleo para hacer la entrega oficial a los familiares, gestión que incluye dar el aviso por medio de una llamada, que acaba con la confirmación del certificado de muerte. 

En esta tarea, el tiempo del film es intensamente lento, tomándose el ritmo de las acciones de forma muy respetuosa. Pareciera como si la cámara no existiera y así mismo se interioriza todo el proceso revelador. Dentro de los cubos de pertenencias, un celular no para de sonar, mientras el otro muestra 31 mensajes sin contestar. Cada artículo se desinfecta, se clasifica, se guarda con un tacto de respeto y diligencia para que nada quede al azar. Las identificaciones toman entonces el lugar de reconocimiento principal. Todo se empaca, revisa, confirma. Nada debe quedar sin desinfectar. El silencio toma su lugar. El espacio vacío marca la relación de lo que está pasando con esta disposición de los objetos.

Pasado este ritual de memoria, de sincronía íntima con el que ya no está, se hace de este momento una clave más en la película: explorar las diversas emociones y sentimientos que subyacen a la muerte. El encuentro de la enfermera con los familiares se intensifica como una muestra de contemplación ante quien ya no está. Es solo uno de los pasajes rituales que ahora hacen parte de las medidas sanitarias. La película sugiere un tránsito simbólico de la vida y la muerte, tránsitos humanos que vienen a ser parte de esta cadena de nuevos valores en torno a la pandemia.

El documental hace que estos gestos de vida se familiaricen también con la muerte. Una de las últimas tomas muestra cómo se hace honor a las víctimas y cómo cuatro días después, el 8 de abril de 2020, se decreta el final de la cuarentena en Wuhan. En ese lapso de tiempo la película logra identificar cómo la vida debe ser asumida en los hospitales. 

Es así como los días encapsularon a una ciudad y la sometieron a una atípica mirada mundial. Toda la atención estaba concentrada en el epicentro de la tragedia, mientras el acto de grabación permitía diferenciar el cómo todo comenzó, asociado al acto simbólico de los nuevos códigos de conducta. Los registros de esta película se dirigen al paso doloroso de aquellos que luchan por mantener la vida sin el factor común del miedo. La atención focalizada en Wuhan aportó a la película esa mirada diferenciadora, logró proporcionar otro estado de las cosas y visibilizó aún más el hallazgo de nuestra propia naturaleza humana, interesada en restablecer el bienestar emocional, el respeto por el otro y hacia el otro; situaciones de una cultura local que ahora se incorporan a otras dinámicas dentro y fuera de los hospitales, e incluso al interior de las familias.    

 

  1. Wuhan resiste

 

Wuhan, Wuhan la película del director chino-canadiense Yung Chang, explora el universo de un grupo de personajes en tres de los hospitales de una ciudad de once millones de habitantes. Los personajes y espacios asignados para este documental responden a lo que el contagio presentó en ese momento, reconociendo el valor testimonial sobre la gravedad del COVID-19 en los primeros meses del año 2020 y permitiendo así reubicar en el tiempo cómo se dieron las aproximaciones a lo que luego se desarrolló como catástrofe mundial.

Algo a resaltar en la película de Yung Chang es la estructura fílmica desarrollada a partir de historias paralelas. Otra de las características es su capacidad de registro, combinando el seguimiento de los personajes, así como los cortos espacios de diálogo y secuencias, donde el dispositivo ha sido ya incorporado a la nueva realidad, adaptándose a un equilibrio entre la respuesta a los momentos de más acción como aquellos donde aparentemente no sucede nada. Se enfatiza también en la capacidad de cercanía en los acontecimientos, otorgando una posición privilegiada al espectador, quien se convierte en testigo de las situaciones.

Una praxis documental hace que inmediatamente el espectador se conecte con las acciones: poco a poco se construye el universo de los personajes, logrando situaciones que saltan del ámbito profesional/clínico a una esfera personal, frágil y sensible. Desde esta estrategia se pueden encontrar momentos reveladores, entendiendo que el impacto del contagio masivo lleva tanto a la inmediata reacción como al valor por enfrentarse a lo desconocido.  

Es así como se evade la presión del tiempo y se adoptan algunas medidas. Hay entonces que incorporar nuevos trajes, asumir el control del flujo de la población e implementar el distanciamiento social, demarcando la ciudad con zonas de alto riesgo. Se hace una división territorial y la comunidad queda aislada, mientras los camiones aspersores hacen su ejercicio por tratar el aire exterior. 

Una ciudad cerrada permite entender el mecanismo de acción desde su contexto local, así como el miedo y la incertidumbre que se apoderan del día a día. En espacios como el interior del Hospital #5, el Hospital Central y uno de los Fangcang de Wuhan, como se denominaron en China a los hospitales temporales durante la crisis del COVID-19, la cámara se instaló durante largas semanas.

Conocer la enfermedad es algo que la película hace consciente, así que todo debe desinfectarse al máximo en los lugares donde ya no hay pacientes. Las zonas de los hospitales son tratadas por el tipo de gravedad que se presenta, lo que hace que se tomen medidas con el personal médico como el de no regresar a casa y tener su propio aislamiento en hoteles previamente asignados. Otra de las medidas los lleva a cortarse el pelo como mecanismo de adaptación a los trajes que ahora los cubren, así como a las diversas capas de protección que deben llevar a cuestas. 

Para comprender a qué se enfrenta el cuerpo médico de Wuhan, las cifras muestran que un médico debe atender a unos 50 pacientes, mientras una enfermera hace el trabajo de un año en dos días. En el lapso de cuatro meses del primer confinamiento en Wuhan los contagiados llegaron a los 50.000, reportando así mismo el fallecimiento de 2.547 pacientes, en contraste con unos 16.638 nacimientos. Estas cifras son algunas de tantas equivalencias que el documental pone de cara a la tragedia en procura de entender la infraestructura que ello demanda y el contexto de lo que implica el riesgo, así como el acto de grabación que es medido sobre lo que está descubriendo al pasar el tiempo.

Así mismo, las acciones del cuerpo médico son tomadas con el respeto y la consciencia de los hechos cuando vemos aquella imagen fugaz donde se le rinde tributo al doctor Li Wenliang, quien fue una de las primeras personas que advirtió sobre la pandemia y que murió a causa del coronavirus el 7 de febrero de 2020.

Otros de los momentos más significativos es el registro en el Hospital #5, cuando se evidencia que los suministros no son los adecuados y se interpela por la necesidad de incrementar su capacidad de seguridad, así como la enfermedad demanda mayores cuidados. Es en este hospital, donde la rutina con los pacientes se hace evidente pero donde los momentos de realidad son tomados fuera de la salas de cuidados intensivos. Allí la vida recupera otro tono y otro ritmo, pues es donde la emergencia recupera el sentido humano de la vida y por la vida.

Por otra parte, en el Hospital Central uno de los doctores hace el balance de los contagios, mientras la relación de una enfermera con un abuelo, demarca las nociones de cómo la pandemia trascurre desde los dos frentes determinando el flujo de relaciones, pues los pacientes no solo batallan contra el virus, sino agradecen a quienes les acompañan en este largo y desesperanzador tránsito.

Desde el Fangcang se concentra la historia de una madre y su niño que están en espera para ser dados de alta y donde se evidencian las dinámicas de relación en un lugar donde podían ubicarse cerca de 2.000 pacientes.

Allí mismo se hace el tratamiento psicológico para comprender la situación. Se valora tanto la enfermedad como la crisis emocional acudiendo a todo tipo de estrategias para estar atados una vez más a la esperanza. La psicóloga se convierte en otro de los personajes, pues debe soportar el equilibrio de sus emociones, mientras la enfermedad de su padre, tratado con un cáncer que avanza a la distancia, se cruza con su labor de voluntaria en el hospital.

Desde su oficio, la psicóloga propone hacer retratos fotográficos del cuerpo médico para que los pacientes puedan reconocerlos y hacer de la estancia otra equivalencia a falta de un rostro y una comunicación más fluida. Por instantes, los médicos hacen visibles sus rostros y eso determina un cierto signo de extrañeza al verlos sin protección. Dicha fotografía, que luego es incorporada a sus trajes, otorga un rostro a esos eternos caminantes antes despersonalizados. Los pacientes, por vez primera, mantienen una imagen ideal de aquellos que están trabajando por su bienestar.

A su vez este acto de reconocimiento trae al recinto prefabricado una actividad poco usual. Pacientes y cuerpo médico bailan al son de la música tradicional, marcando así una etapa que ha terminado y otra que comienza. El traslado de pacientes a otros centros asistenciales o su partida para volver a casa, define las emociones en aquel lugar. Finalmente, madre e hijo no fueron separados por la enfermedad y poco a poco se aclara su situación luego de la estancia de confinamiento. Por su parte, la psicóloga termina su voluntariado y así puede reencontrarse con sus familiares.

La película está orientada a valorar las reacciones ante una enfermedad inusual, voluble para el organismo humano y con un sin número de enseñanzas sobre la capacidad para hacerle frente. También, en cierto sentido, la película se dirige a los que corren el riesgo de infección siendo voluntarios, haciendo más valedera su disposición por y para el otro, mucho antes que la preocupación por su seguridad.

La joven pareja que recibe a su bebé en tiempos de pandemia agudiza el sentido de la protección y el amor inquebrantable, tratándose de un empleado de fábrica a la que el confinamiento le permitió, por su trabajo como voluntario que transporta a distintos trabajadores de la salud, recibir de primera mano todo lo que sucedió en los hospitales, así como el intenso recorrido por horas, días y noches sobre una ciudad intranquila.

Pasado el confinamiento en Wuhan, tras el 8 de abril del 2020, conocemos distintas perspectivas: por un lado, la crisis sobre el avance de la enfermedad en el mundo y, por otro, la huella de un film que restablece la praxis documental para comprender las nociones de lo humano, definir el punto de partida sobre la prevención e identificar la reacción ante la desgracia.

Wuhan, Wuhan es un documental que invita a preservar la necesidad de sus imágenes gracias a su sensibilidad expresiva y capacidad crítica, en tanto la fragilidad humana se hace evidente. Es una película que dirige su atención al acto de lo real cuando incorpora la rutina y la relación entre la vida de los personajes y el impacto de un contexto no muy lejano al del espectador. Es un documental que permite afrontar las disposiciones de un equipo de producción, interactuando con el azar, el control y la ilusión de un bienestar que nivela el interés por lo que pasa en las zonas de contagio, tratando de contrarrestar las historias que aún faltan por registrar.

Ante todo, es la impresión de un dispositivo que se involucra para restablecer de otra manera las cosas en un terreno de encuentro con lo desconocido. Con el tiempo, la praxis documental logra dar cuenta tanto de los avances como del accionar médico que incluso hasta hoy día sigue batallando con una pandemia que pide más acciones y menos letargo político. Por lo pronto aparece la vacuna y se ha iniciado con ello una segunda y tercera etapa de la lucha a las que el documental deberá seguir en su posición de no caer en el lugar común y, así mismo, evadir tanto lo oficial como lo convencional. Wuhan, Wuhan ya respondió a esta perspectiva.

 

* * * * *

 

76 días (Hao Wu, Weixi Chen y anónimo, 2020). Producción: Jean Tsien. Coproducción: Xin Liu. Productora: 76 Days LLC, en asocio con XTR Film Society. Fondos: Sundance Institute Documentary Film Program, con el soporte de Justifilms/Ford Foundation. Apoyo adicional: Esquire China. Metraje adicional: China Daily USA – Shanghlingmou Photography Co. Ltd.

 

Wuhan, Wuhan (Yung Chang, 2021). Producción: Donna Gigliotti – Peter Luo – Diane Quon. Producción ejecutiva: Donnie Yen–Cheng Yang–Yuki Zhang. Coproducción: Nancy Xu–Juefang Jennifer Zhang. Productora: Starlight Media, Kartemquin Films. Postproducción: Red Lab. Edición: Zimo Huang–Evita Yuepu Zhou. Música original: Hualun. Cortesía material de archivo:  Soloyolo–Xiao Yu Aerial Demo–Shihezi Television Station, Honghu River Flowing. Compositor: Jing’An Zhang Qianshu Ouyang. Voz de Hubei. Hubei Chutian Traffic Radio.