Sin punto final
Juan Martín Cueva

El pedido era claro y parecía más o menos sencillo cumplirlo: un texto sobre el documental en la pandemia para La pesadilla de Nanook. Así que me puse manos a la obra, a pesar de que estaba en pleno trabajo con Posdata -el documental que empecé antes del caos- y como la maldita pandemia se metió en la película, me puse a escribir lleno de entusiasmo, convencido de que escribir sobre lo que estaba haciendo me iba a ayudar a hacerlo. Me parecía que sería relativamente sencillo reflexionar sobre el proceso en el que estoy. Hablaría de cómo ha cambiado el proyecto (porque así son los proyectos de documental, generalmente cambian en función de los cambios de la realidad a la que persiguen) y era inevitable que terminara abordando los tres temas que me pedían tratar: documental, poder y pandemia.

“Arranque de caballo, parada de burro”, se dice aquí en el Ecuador cuando uno empieza con lucidez y entusiasmo, da tres pasos y se detiene y ya no puede avanzar un metro más. Eso me pasó con este texto y eso me pasó con el documental. Ambas cosas fueron confluyendo hacia ese modo de hacerse, un poco caprichoso o caótico, bastante desordenado, intuitivo, sin planificación alguna.

“Si me desvío en este retrato, es porque desviarse aquí es lo natural, lo que hace el agua. En otras palabras, lo que está por venir puede no llegar a ser una historia sino una corriente de agua embarrada, en un momento equivocado del año. A veces parecerá azul, otras veces gris o marrón; invariablemente estará fría y no es potable. La razón de que me empeñe en filtrarla es porque contiene reflejos. El mío, entre otros.” (Joseph Brodsky, Marca de agua).

La pandemia nos ha metido a todos en una burbuja desesperante en la que damos vueltas como hamsters en esas ruedas en las que los ponen a caminar en su propio terreno para que se distraigan de la monotonía del encierro. “Quemar tiempo” es otra expresión para referirnos a cuando uno no hace nada más de lo necesario para que el tiempo transcurra sin que pase nada e inicia una sucesión de días idénticos que pensamos que va a durar unas semanas, unos meses… y que lleva casi año y medio. El mundo no habla por sí solo: el mundo está, es. Quienes queremos hacerlo hablar nos inventamos maneras, una de ellas el documental, por miedo al absurdo silencioso.

“El absurdo surge de la confrontación entre la búsqueda del ser humano y el silencio irracional del mundo” (Albert Camus).

Yo, que siempre estuve convencido de que lo íntimo y lo cotidiano son políticos, percibo ahora las cosas de otro modo. Meses de confinamiento hacen que mire al mundo desde una ventana. Allá afuera va pasando la vida. En silencio. La pandemia nos lo recuerda día a día: el mundo nos da golpes que no tienen sonido y que a veces no tienen tampoco imagen. El cine documental, que siempre supuso el gesto de salir a ver la realidad, a empaparse de ella, a encontrarse con el otro, a sorprenderse y cambiar de perspectiva y punto de vista al moverse de un lugar a otro, de pronto debe reinventar una manera de mirar el mundo que no pierda agudeza aunque deba hacerse desde detrás de las ventanas, con el material que uno mira a través de las ventanas, o por las ventanas de la virtualidad, que difícilmente pueden abrirse para que se airee el ambiente. Hay que ir a buscar cada imagen, cada sonido, sin salir de casa.

 

Los subtítulos de este texto son intentos de apoyarme en grandes voces que, en el desamparo, me dieron alguna luz en este proceso. Son referencias que iban apareciendo en la rutina confinada, lecturas, frases que postea algún conocido en su facebook, viejas películas o links de entrevistas que se habían acumulado antes del encierro. Temo estar haciendo una colección de citas como frases de autoayuda, pero la verdad es que destiñeron sobre el documental que se iba construyendo gota a gota en este encierro.

 

Kiarostami y Didi Huberman

 

En el encierro ocurre que se pierde el entusiasmo o la capacidad de concentrarse y de persistir. Y todos sabemos que hacer un documental es un “trabajo de chino”: darle vueltas y más vueltas al material, exigirle que nos dé alguna señal, forzarle a encontrar un sentido. Los registros de las movilizaciones de octubre 2019 en Quito, que fueron el material de base del proyecto de Posdata, empiezan a ser desplazadas con imágenes de vida familiar en el encierro, mi hija con su perrita, la mesa del desayuno, lo que se ve por la ventana. Nada menos político que eso. ¿Nada menos político que eso? No lo sé. Vuelvo a ver las secuencias montadas y las encuentro panfletarias, redundantes,  demagógicas. Me dejo llevar entonces por las imágenes de lo íntimo, confinado por esa lentitud, y el silencio, y las secuencias, que al inicio me parecen “poéticas”, se vuelven de pronto cursis, repetitivas, chatas, sin espesor narrativo. Termino zapeando de ventana en ventana y no sé cómo llego a esta frase de Kiarostami, que creo que me da unas claves y que imprimo y pego en la pared de donde estoy editando: “Cuando digo que hay una dimensión política (en el cine), eso no quiere decir que no haya una dimensión poética. Las más grandes películas políticas son películas poéticas”.

Posdata tiene que salir del simple registro de lo cotidiano, porque empiezo a dudar de que el cotidiano de cualquier humano en el planeta, en este momento largo marcado por la pandemia, pueda ser material suficiente para una película. Una cosa es un film documental, otra cosa es un perfil de instagram. ¿Qué hay en mi cotidianidad que la haga más interesante, o menos aburrida, que la de mi vecino? Eso es lo que le tiene que traer el cine. Lo real no hace sentido por sí mismo, el registro de lo real no es suficiente. Kiarostami de nuevo: “Las reacciones más simples pueden develar los secretos de una vida aparentemente ordinaria y sin misterio. Yo sé que desde un arte exterior y representativo, esto puede parecer contradictorio. Pero son los conflictos interiores de cada personalidad los que le dan a la película su dinámica verdadera.”

Avanzo en una especie de primer corte pero, como no tengo un “guión”, la película se va desplegando solita y va creciendo, y se va caprichosamente hacia todos lados. En el fondo sé que debo encontrar la película dentro de la propia película. Posdata está metida, en ese momento, en la rueda del hamster dentro de su jaula, y ahí da vueltas y vueltas sin avanzar un centímetro. Se rompió el cascarón temporal del proyecto inicial: diez jornadas en octubre de 2019, diez días que estremecieron al mundo. Les fui poniendo un pasado que se dividía en dos momentos: el pasado familiar, mis hijos mayores, de pequeños, en París a fines de los 90, y un pasado colectivo, el primer levantamiento indígena de 1990. En el papel eso suena bien, pero cuando busco desplegarlo en un montaje (esculpir el tiempo) no halla un ritmo, no halla un tema real que me guíe en la construcción documental. Todo parece arbitrario.

George Didi Huberman: “Las nociones de memoria, montaje y dialéctica están ahí para indicar que las imágenes no son ni inmediatas, ni fáciles de entender. Por otra parte, ni siquiera están “en presente”, como a menudo se cree de forma espontánea. Y es justamente porque las imágenes no están “en presente” por lo que son capaces de hacer visibles las relaciones de tiempo más complejas que incumben a la memoria en la historia…. He aquí también por qué, aunque ardiente, la cuestión necesita toda una paciencia –por fuerza dolorosa–, para que unas imágenes sean miradas, interrogadas en nuestro presente, para que historia y memoria sean entendidas, interrogadas en las imágenes”. 

 

La película te hace a ti

 

“Tú no haces una película, la película te hace a ti”: tal vez no ha habido otro período en el que la frase tan repetida de Jean-Luc Godard se haya hecho tan real y cotidiana como en esta pandemia. Al menos para mí. Paso de la autoayuda de Kiarostami a la de Godard, pero no me ayuda mucho. Cambio de montajista, no porque no funcione Ileana, que lo hizo muy bien, sino por razones prácticas y presupuestarias: era absurdo trabajar en Guayaquil, hacer varios viajes al mes a esa ciudad, estando encerrado en Quito y habiendo tantas dificultades de movilidad. Con mi viejo cómplice, Coco Laso, empieza una nueva etapa de Posdata, que ya para ese entonces había dejado de ser el cortometraje de archivos inicialmente previsto para convertirse en una película que cada vez se parece más a la que hice hace veinte años, El lugar donde se juntan los polos.

Flashback. Primero fue la decisión, largamente postergada, de volver a hacer un documental después de más de diez años. Abrir entre la gestión burocrática/académica y la vida personal y familiar un espacio suficiente como para construir algo. El proyecto empezó pequeñito. Se insertó entre entre la espada de las obligaciones académicas y la pared de la vida familiar. Era solo un cortometraje de montaje, hecho con los registros del levantamiento indígena y popular de octubre de 2019, archivos más antiguos del movimiento indígena ecuatoriano y referencias al mundo íntimo y familiar. 

Por cosas de apoyos institucionales y de financiamiento el proyecto iba a hacerse entre Guayaquil (donde queda la Universidad de las Artes, en donde trabajaba) y Bogotá, ciudad en donde había vivido y a la que queríamos volver con Cristina y Luisa (es decir, para el caso, la Universidad Nacional de Colombia y su Escuela de Cine y Televisión). 

En ese primer momento el aporte narrativo del primer montajista, Juan Kai, fue decisivo. Esta etapa terminó abruptamente cuando se declaró la pandemia y Ecuador cerró sus fronteras, obligándome a regresar de Bogotá a Guayaquil dejando el montaje a medias. En Guayaquil fue entrar en esa burbuja de incertidumbre y angustia que nos encerró a todos. Como un temblor y sus réplicas el sismo se produjo en Bogotá, las réplicas las sentimos in crescendo en Guayaquil y todo esto nos catapultó a Quito.

Guayaquil vivió la experiencia de manera más extrema que otras urbes: por unas semanas, esa ciudad se convirtió en el epicentro de la pandemia. Pasamos por todos los círculos del infierno de Dante y en lo que menos pude pensar fue en la película. Sin embargo, como para ese momento ya la crónica íntima y familiar se habían metido en la película, la realidad presente se metió en el documental, que en algún lugar de mi cabeza se seguía procesando y transformando. Las cuestiones prácticas de producción (¿dónde editar?, ¿cómo financiar el proyecto que al agrandarse se encarecía?, ¿se puede seguir trabajando un documental en plena pandemia?) se volvieron cuestiones conceptuales en torno al sentido de hacer una película en un momento tan particular para el planeta, sin que lo que ese momento había puesto sobre el tapete desplazara completamente los temas inicialmente previstos. ¿O se trataba de dos películas en una?

Camus / Lipovetsky

Los documentalistas tendemos a buscarle sentido a las cosas o a darles sentido a los quiebres azarosos de la vida, que es lo mismo. Muchas cosas que parecían seguir un orden determinado en tiempos normales, en la extraña normalidad instaurada por la pandemia parecen haberse revuelto sin orden alguno. Parecería que reina el caos, el capricho de algún dios desquiciado. 

Albert Camus: “La verdad puede ser dolorosa y no ajustarse a nuestros deseos e intenciones, pero ello no implica que deba dejar de ser buscada. El hecho de que las cosas carezcan de sentido puede ser difícil de conjugar, pero debe explorarse tal posibilidad”.

El levantamiento de octubre de 2019, como toda revuelta popular, supuso cierto desorden. Pero era un desorden provocado, que buscaba justamente poner en jaque al orden normal, al orden injusto e inequitativo que se había convertido en la normalidad para el imaginario de una sociedad adormecida que despertó, que llegó a plantear otras posibilidades. En los países vecinos la salida de las revueltas se postergó y, de alguna manera, adquirió una dimensión más políticamente visible: en Colombia fermentó con todo lo acumulado en veinte años de uribismo y sesenta años de conflicto e inequidad brutal, y estalló con más aliento en abril de 2021. En el Perú se manifestó como un triunfo electoral año y medio más tarde o se convirtió en una tempestad constituyente, como en Chile. En Ecuador se sentaron los contrarios a conversar, a negociar, a ceder posiciones. Y esto fue entendido por algunos como una concesión a la debilidad. Pero eso es poner los ritmos de la voluntad por sobre los ritmos de las necesidades históricas.

Aquí nunca tuvimos a Pinochet, a Uribe o a Sendero, y eso ha hecho que las cosas no se extremen en la medida en que se han extremado donde nuestros vecinos. Obviamente, otra forma de resolverse y octubre me habría dado el final ideal para el documental, pero es el documental el que debe perseguir a la realidad y no al revés. Todo se vio atropellado por el advenimiento de la pandemia y ese desorden superior, del que no salimos aún. Posdata siguió ese curso y se extravió, hasta ahora, persiguiendo un final que, al no llegar desde el ámbito de lo político, se me impuso como algo que debe venir del ámbito de lo familiar o lo íntimo. Esa no es una certeza, hay días en que amanezco pensando que el final debe estar más del lado de lo político; hay días en que el montaje me lleva más hacia un final en el ámbito de lo íntimo. Estoy en esa tensión, entre esas dos opciones, y veo como la realidad pandémica parecería solo una realización de una realidad que ya estaba ahí, latente. La realidad que describia Gilles Lipovetsky: «En la época hipermoderna, la vida de los individuos está caracterizada por la inestabilidad, entregada como está al cambio perpetuo, a lo efímero, al nomadismo (…) Así es la dinámica social de la hipermodernidad que instituye el reinado de un individualismo de tipo errante y zapeador. La individuación extrema de la relación con el mundo constituye la dinámica social fundamental que encontramos en el núcleo de la revolución de lo ligero.» (De la ligereza)

 

Varda y Guzmán pensando el cine de lo real

 

Se venía afirmando con insistencia que, desde hace un par de décadas (paradójicamente, desde que se obtuvo legislación e institucionalidad para el fomento), los cineastas ecuatorianos nos habíamos encerrado en una burbuja clasemediera que nos ponía de espaldas a la realidad y nos impedía ver las zonas más oscuras y complejas de nuestra sociedad, preocupados como estábamos de nuestros insignificantes conflictos existenciales de una burguesía bienpensante y políticamente correcta.

Hace unos meses, quizás en el Festival Internacional de Cine Documental “Encuentros del Otro Cine” (EDOC 2020), que se hizo tarde y virtual en el contexto extraño de la pandemia, nos dimos cuenta de que muchos documentalistas ecuatorianos estaban haciendo trabajos, de muy distinta índole, sobre octubre.

Aquello me alegró, porque nunca estuve de acuerdo con esa afirmación que me parecía simplista y generalizadora, y me acerqué un poco a lo que estaban haciendo mis colegas. La curiosidad se empezó a mezclar con cierta inquietud: ¿Qué tengo que decir yo sobre octubre cuando ni siquiera estuve ahí? Por cosas de la vida laboral yo asistí al estallido social como un espectador, desde las redes y la virtualidad, por estar en Guayaquil. ¿Qué podría decir, que tenga sentido y suscite interés, que no puedan decir quienes estuvieron más cerca de la primera línea, inmersos en la ebullición de la realidad que nos arrastró como un tsunami?

Instintivamente había pensado que lo que cabía, lo que yo estaba haciendo y debía esforzarme por construir, era una visión que pusiera a octubre en una continuidad histórica, que contextualizara este último levantamiento con sus antecedentes en la historia del movimiento indígena, y esa fue la tónica del primer proyecto documental de Posdata, que casualmente y curiosamente nació en Cali, durante el primer festival de la era post-Ospina. Todo empezó por el fin.

Agnès Varda en diálogo con Isabel Coixet: “Cuando uno es joven necesita hacer un boceto, un apunte, empezar con alguna base y, sin embargo, al envejecer puedes hacer acopio de una especie de almacén general de emociones y seguir tu instinto (…) El montaje es donde puedo organizar mis impresiones y conseguir un equilibrio entre las cosas que hacen daño, que dan pena y las cosas ligeras”.

Pero, como ya he dicho, el bofetón de la pandemia me dejó medio atontado al interrumpir el primer montaje y terminó cambiando totalmente mi película. Me resistía, por razones que tienen que ver con mis preferencias estilísticas o por mis traumas de realizador frente a lo que ha logrado hacer, a que el tono de Posdata se acercara mucho a mis documentales anteriores, sobre todo al que alude en su título, la carta filmada que fue, hace veinte años, El lugar donde se juntan los polos. No quería que mi voz estuviera muy presente, porque cuando vuelvo a ver ese documental me exaspera la omnipresencia de mi propia voz explicándolo todo y, también, porque de alguna manera sentía que en este material habían voces mucho más autorizadas que la mía para contar la realidad. Sin embargo, varias reflexiones y varios consejos, entre ellos sin duda los de Diego García Moreno en las noches macarenas justo antes de la pandemia, me hicieron entender que me estaba resistiendo a integrar lo que el propio documental me pedía. Y cedí. Y Posdata cambió totalmente. Se convirtió en un largo que no se termina nunca de terminar y que me tiene todavía, un año más tarde, encerrado en las mismas dudas que tiene que ver con lo político y con lo estético para contar lo que quiero contar.

Patricio Guzmán: “La vida, la existencia, la realidad, están formadas por miles de átomos dramáticos que se desplazan flotando por el aire y que pasan delante de nuestros ojos. Un átomo dramático está configurado por una minúscula obra que progresa, es decir, por un instante que tiene un desarrollo mínimo, por pequeño que sea. Por ejemplo: aquella mujer que se ha parado en medio de la acera y que mira el pavimento agachada como si hubiera perdido una moneda. Aquellos obreros que reparan una fachada a cuarenta metros de altura. Esa pareja de enamorados que cruza esa avenida sin mirar a ningún lado. Aquel hombre inmóvil en medio de un jardín. Esa joven madre que ha perdido la llave de su automóvil y que trata de abrir la puerta con un alambre, mientras su hijo se escapa (…) Esos átomos son como las letras sueltas de un enorme abecedario. Y con esas letras sueltas el cineasta construye palabras. Y con esas palabras construye frases. Y poco a poco el cineasta (el poeta) va fabricando historias con aquellos átomos que vuelan por el aire. Este es el secreto del documental.”

Esta cita de Guzmán, posteada por alguien en su muro y copiada por mí en el zapeo constante, pensando que me podía servir, me está dando algunas claves, ojalá, para encontrarle un punto final a Posdata. La frase con la que se cierra el documental desde muy pronto en el montaje, pero que nunca pensé que quedaría así, y eso aún está por verse, es la siguiente: “La vida sigue y uno tiene ganas de que se siga metiendo en la película, pero una película no puede ser interminable… Hay puntos finales que parecen puntos suspensivos”.

Siempre se planteó para el documentalista ese gesto arbitrario de decidir hasta dónde llega la película, sin lo cual se sigue abriendo a más y más cosas que le trae el caudaloso flujo de la realidad. Los procesos de resistencia y de construcción de un presente nuevo y distinto, que han emprendido nuestros pueblos, tampoco van a encontrar un punto final. Es un flujo de historia que seguirá fluyendo. A ratos aparece más visiblemente en unos lugares que en otros: ahora en Colombia, en Perú, en Chile. Este texto no se termina, porque no puede dar cuenta de un proceso terminado. La pandemia no termina de terminar tampoco, así como Posdata, alargándose desesperantemente hacia un final que no se alcanza a ver del todo y que, esperemos, no nos devuelva a la misma normalidad que, por fortuna, implosionó.

 

Junio 2021