Documentar la vida

Proximidades y distancias en la virtualidad

Alejandra Meneses Reyes

 

  1. Cerrar las puertas y abrir las ventanas

 

El 30 de marzo de 2020 programamos un primer encuentro virtual para continuar con nuestro Laboratorio Documental. Llevábamos algunos días de distancia en medio de la ansiedad y la expectativa. El horizonte noticioso no auguraba un pronto encuentro en un espacio común. La idea de “simulacro de cuarentena” apenas comenzaba a cuestionarse, pero con los días se tornaría atemporal. Nos pidieron cerrar las puertas, salir “sólo a lo necesario”, cubrir nuestros rostros con tapabocas. Nos llenamos de incertidumbres y de miedos. Dudamos de la calle, de la ropa, del cuerpo de las personas en espacios públicos y privados. Cubrimos nuestro entorno con alcohol y gel antibacterial. Temíamos que el virus permeara nuestros alimentos o nuestra piel y, con las puertas cerradas, hicimos rituales exhaustivos de limpieza. Cuestionamos incluso la calidad del aire que respiramos.

 

El verbo acercarse parece activar la labor documental. En 1996 el fotógrafo y documentalista holandés Johan Van der Keuken afirmó: “La base dada para una puesta en escena de la realidad es cómo atravesar los diez metros que me separan del otro, cómo llegar a estar en el mismo espacio. (…) Filmo a la distancia donde puedo tocar y ser tocado”, dijo Van der Keuken, pero no se estaba enfrentando a una pandemia mundial. 

 

Así que a finales de marzo del año pasado yo trataba de imaginarme cómo documentar desde el confinamiento. Si el cine documental se centra en la búsqueda, en la investigación y, a la vez, en el descubrimiento imprevisto, el no poder cruzar la acera desprevenidamente resultaba en gran parte una afrenta para el oficio. ¿Cómo registrar el mundo de afuera?, ¿cómo enseñar a documentar en distanciamiento?, ¿cómo compartir virtualmente lo documentado? 

 

Lo primero era buscar la manera de propiciar encuentros con las y los estudiantes del Laboratorio Documental. El arte y la cultura se potencian únicamente en diálogo y, por ello, la magia del cine está en gran medida en la experiencia compartida en colectivo. En su libro Habitar (2019), Jean-Marc Besse sostiene que las puertas y ventanas, más allá de señalar puntos espaciales de entrada y salida, generan puentes de conexión entre el exterior y el interior de la vida social. Son umbrales, “zonas donde se concentran las cualidades afectivas y sociales del espacio”, zonas de encuentro. Así, al tener las puertas cerradas, se necesitan otros espacios de coincidencia, complicidad y afecto. 

 

Buscando sopesar el encierro abrimos cada día las ventanas virtuales: pestañas, pantallas, aplicaciones, redes sociales, múltiples plataformas que, poco a poco, han configurado ritmos y dinámicas propias.  Creé una carpeta en drive: Días en casa, un diario colectivo en confinamiento. Allí empezamos a armar un gran archivo -una especie de filmoteca universitaria- en el que se refleja la forma en la que nuestras conversaciones y la revisión de algunos trabajos documentales de otras personas influyen en la propia creación. Con el tiempo las carpetas se han multiplicado incontablemente: crítica, guión imaginario, observar, aparecer en pantalla, el archivo, lo poético, lo performativo, lo reflexivo. Así exploramos tanto la escritura para la creación documental como los subgéneros de la teoría de Bill Nichols, los cuales fácilmente mezclamos, hibridamos y sobrepasamos, activando otros campos de imaginación para “lo real”. 

 

Captura de pantalla drive

 

Debido a la dificultad para conectar con el afuera, nos reencontramos –o, quizás de plano, chocamos- con múltiples mundos interiores. El territorio más próximo: el propio cuerpo, la intimidad, la familia, la casa, la cuadra, el barrio, pasarían a ser el centro de lo vivido y de lo registrado. Algo atado al confinamiento afinó como nunca antes nuestros sentidos: mirar y ser miradas(os), escuchar y ser escuchadas(os), tocar y ser tocadas(os). Los sonidos de la casa y de la calle, los objetos, los rincones, los pensamientos en esos rincones, se intensificaron. Experimentamos, con ejercicios cortos, múltiples formas del registro y del montaje para poder encontrar lugares más cómodos o más arriesgados y fértiles de creación, y así aportar poco a poco a un proyecto de corto documental más grande. En los ejercicios audiovisuales que aparecieron semana a semana las y los estudiantes revelaron: el aburrimiento, la risa y el llanto, la hostilidad y el hastío, los espacios inseguros y la construcción de otros espacios. Miedo y rebeldía. Ternura y tenacidad. Injusticia y denuncia. Fatiga y resistencia. Nuevas identidades emergieron y todo fue puesto en entredicho. En colectivo reconocimos que nadie sabe con certeza lo que vive la persona de al lado. 

 

  1. Mirar y escuchar

 

Ha pasado más de un año desde que a principios del 2020 se iniciaron los  periodos intermitentes de confinamiento. La pedagogía se mantuvo en pie desde la virtualidad:  16 semanas por semestre. 3 semestres. 4 encuentros semanales de tres horas cada uno. Ante esta experiencia vertiginosa nuestras corporalidades se han transformado. ¿Qué significa encontrarse virtualmente?, ¿qué hace posible un encuentro a pesar de -y gracias a- la virtualidad? En estado online hallamos una suerte de modo audiovisual de estar, un modo de ser desde nuestra diversidad. Continúo la lectura de Besse: “Cuando la voz y los ojos, que son aquí los puntos de avanzada del cuerpo, se activan en el acto de comunicación más mediatizada por prótesis técnicas, el encuentro sigue siendo posible, puesto que, en el fondo, el cuerpo implicado desborda la técnica mientras la utiliza, conduciéndola más allá de ella misma, hacia la experiencia humana de la construcción dialógica de sentido”. 

 

Los encuentros virtuales dibujan dilemas y paradojas. Capturamos y creamos formas de “lo real” desde lo virtual. ¿Qué es “lo real”?, ¿qué tanto de virtual hay ahora en nuestra realidad?, ¿qué significa estar allí o no estar? Al permitirnos aparecer en encuentros virtuales somos imágenes -planos medios y primeros planos- y lo único que nos salva de no caer en la total espectralidad es la diferenciación (no menos confusa) entre lo sincrónico y lo asincrónico. Dinámicas del mundo audiovisual nos permiten comprobar nuestra “realidad” en estado sincrónico: prender la cámara y vernos, abrir el micrófono y conversar, escribir un mensaje en el chat.  Sin embargo, esa misma posibilidad puede ser negada: no mostrarse, no hablar, sólo escuchar y ver. Relacionarse, quizás -en el mejor de los casos- desde esa ausencia.

 

Fotograma de encuentro en meets

 

Pero algo en el encuentro con el otro no logra instaurarse cuando la voz y los ojos permanecen inactivos. Somos cuerpo. Es el cuerpo el que proporciona una materia a nuestra presencia. Cuando se duda de la presencia corporal del(a) otra(o) en una conversación, se entra en falta, por ello se le invoca continuamente de modo espiritista o fantasmal: ¿me escuchan?, ¿me ven?, ¿están ahí? Es el intercambio de voces y miradas el que cancela la sospecha de no ser reconocida(o) o atendida(o) por el otro. Hay entonces una suerte de fractura en el encuentro virtual. Hay un quiebre corporal. Sin esa energía que producen los cuerpos reunidos, sin las voces ni las miradas encontradas, se rompe la experiencia sensible que produce la presencia del otro frente a mí o sentado a mi lado. 

 

La creación colectiva requiere de la posibilidad de ese intercambio horizontal. Es en el diálogo (en consenso o en disenso) que se descubren cosas. En el cine, imágenes, tiempos y espacios, voces y sonidos dialogan entre sí con ritmos y cortes diversos. Como en la música, se experimentan silencios y solos, preguntas y respuestas, coros al unísono. En ese sentido, el montaje de una obra musical no dista tanto del de una audiovisual. Pero para que ello se dé es necesaria la creación en conjunto, el diálogo entre los diversos elementos, comenzando por el de las y los creadores. Las y los músicos que tocan juntos necesitan potenciar su escucha para aprender a crear colectivamente y finalmente ensamblar. De nuevo Besse: “Es esta disponibilidad, esta disposición interior de escucha de la música de los otros dentro de sí y el llamado de la propia música lanzado a los demás, lo que hace que haya un conjunto musical. La proximidad, en música como en otros aspectos, exige esta suerte de silencio interior que abre en nosotros un lugar para la voz del otro”. 

 

Crear, por tanto, es un acto de disposición -un estar disponible– para la experimentación y el descubrimiento. Sin ella la proximidad no logra fundarse y el distanciamiento impuesto triunfa. Por eso el silencio de los micrófonos cerrados es más profundo y agobiante en la virtualidad que en un salón de clase. Si aquel silencio se alarga demasiado la creación colectiva entra en estado de suspensión fantasmagórica. Si a esto se le suman las cámaras apagadas a largo plazo, se genera una ruptura mayor: la imposibilidad de reconocer a las y los otros, de desentrañar en su mirada y en sus gestos aquello que nos es común o aquello que estamos dispuestas(os) a debatir.

 

III. Archivar y reencontrarse

 

Cada carpeta en el drive y cada grabación de nuestros encuentros evidencia un proceso en desarrollo: permite asistir a transformaciones individuales y colectivas en movimiento. El archivo y las dinámicas del(a) archivador(a) siempre desatan inquietudes. ¿En qué momento o por qué razón una imagen pasa a formar parte de un archivo? ¿Qué intereses o deconstrucciones revelan las dinámicas del archivar? ¿Qué resguardan los archivos? Más que formar parte exclusiva de un pasado, el archivo aparece siendo vector del presente: es un elemento capaz de reevaluar y transformar el acontecer de la vida misma. Así, tanto los archivos de imágenes producidas por otras personas, como los propios, nos interpelan constantemente. Construyen o cuestionan nuestras memorias. 

 

Virtualmente hemos revisado de manera incansable ensayos audiovisuales que cuestionan o resignifican los archivos. También formas de montaje documental que desarticulan los contextos en los que las imágenes nacieron, permitiéndonos verlas por dentro y construir otro universo posible para ellas. Algo enorme ha sucedido en este último año y medio. Hoy me pregunto qué nos dirán para el futuro estos archivos en drive. Qué nos dirán esos fragmentos o retazos de realidad del papel del cine, del cine que se piensa a sí mismo. Qué nos dirán sobre nuestras formas de mirar, sobre la relación que hemos tenido con el encierro. 

 

Algo aún difícil de nombrar nos está pasando. Desde el 28 de abril de 2021 estamos en un paro nacional desatado por la intención del gobierno de implementar una reforma tributaria injusta en medio de una crisis sanitaria, económica y social, sumada a décadas de violencia y un sin fin de injusticias. En contraste con un ente invisible, el hambre y la represión son evidencia tangible de una bestia más feroz. ¿Qué nos dirán entonces los archivos sobre la forma en la que, dentro de un mismo país, permanecemos siendo islas distantes? ¿Qué nos dirán al mismo tiempo de los signos de resistencia y transformación que aún así han emergido, de las voces convulsionando en las calles, de la potencia de la juventud nuevamente reunida en las calles?

 

Foto: Oscar Bravo, estudiante de Cine y TV de la Universidad Jorge Tadeo Lozano

 

Hace unos días, en medio de las marchas durante el paro, distinguí algunos rostros virtuales detrás de los tapabocas. Nuestra alegría por la casualidad del encuentro nos permitió reconocer una vez más el valor de compartir un espacio común, presencial, sintiendo la energía de la creación conjunta. A pesar de las innumerables restricciones en el espacio público: combinadas, mezcladas, alternadas y confusas, el cuerpo de las y los estudiantes se ha instaurado, de alguna manera extraña,  en sus creaciones audiovisuales. 

 

En estos días varias de sus iniciativas se han tomado las calles. La Coordinadora Audiovisual de Jóvenes Artistas C.A.J.A y la Manifestación Social Audiovisual MA.S.A organizaron una toma en la carrera 30, en memoria de las y los asesinados por el Estado. Algunas(os) jóvenes sacaron parte del archivo de las carpetas y redes virtuales y lo proyectaron en las calles en signo de protesta. 

 

Corto documental de Camilo Cárdenas, estudiante de Cine y Tv de la Universidad Jorge Tadeo Lozano: https://www.instagram.com/p/COyrFK7g0wL/

 

Al reapropiarse del espacio público, este vuelve a ser común, sobrepasando la idea de lo público como lugar de tránsito, regido bajo ciertas dinámicas, movilidades y ordenamientos. Parte de lo que significa romper las distancias tiene que ver entonces con la posibilidad de acceder a la ciudad y a la creatividad, a circular lo creado y a entrar en contacto con las y los creadores. 

 

Corto documental de Luis Carrillo, estudiante de Cine y Tv de la Universidad Jorge Tadeo Lozano: 

https://www.instagram.com/p/COqNu-HFePI/?utm_medium=copy_link

 

Cuando las imágenes se toman los muros de los edificios y de las redes sociales, adquieren un nuevo cuerpo, una nueva piel. Pueden ser tocadas, revisadas, intervenidas. Esos nuevos cuerpos sentan una posición y la debaten con otros cuerpos, activan la imaginación, permiten entablar diálogos con lo más lejano que -al fin y al cabo- suele ser lo que tenemos más cerca. En las imágenes permanecen las huellas de los procesos de creación en vínculo con lo vivido. Emerge de ellas la forma en la que la vida ha sido documentada e imaginada. Son, por tanto, umbrales de conversaciones posibles que debemos propiciar, habitar, acoger.