Editorial. Contrapoderes, las grietas de lo real

por Patricia Ayala

Hemos llegado a la edición número siete. En medio de la crisis de atención, del descontrol de las redes sociales, de las amenazas de la posverdad en tiempos de inteligencia artificial, nuestra propuesta vuelve a poner a disposición contenidos profundos y rigurosos que nos permiten pensar nuestro oficio en el mundo que nos tocó. En este primer ciclo, la revista ha contado con más de cien colaboradores, tanto nacionales como internacionales, así como un acervo de artículos que ronda los dos centenares, con el que se ha ganado ya un lugar en el mundo académico y gremial del cine documental en Latinoamérica.

Los primeros siete años, trascendentales si se tratara del ciclo de vida de una persona, llegan con cambios. La dupla Diego García Moreno y Hugo Chaparro, director y editor, pasan la antorcha a Patricia Ayala y Daniel Zorrilla. Es un gran reto estar a la altura de un proyecto que ha convocado tantas voces, que ha incitado numerosos diálogos y encuentros. Todo aquello nos fortalece como gremio, como creadores y artesanos de la imagen. Además, contamos con el respaldo de un equipo que nos apoya en la transición —Vanessa Vivas, Laura Gómez, Camila Trejos y Mavila Trujillo—, personas imprescindibles para concebir esta séptima edición.

Contrapoderes, las grietas de lo real es el título que abarca los temas a los que nos dedicamos en esta oportunidad. Quisimos escarbar en las entrañas de los poderes totalitarios que amenazan con derrumbar conquistas sociales que ya dábamos por sentadas. Nos interesa, sobre todo, preguntarnos cuál es la tarea que nos corresponde a quienes hacemos cine documental en momentos en que el mundo entero se pasma ante el uso excesivo de la fuerza, la brutalidad y la imposición de ideas cargadas de violencia que se instauran como formas legítimas de relacionarnos. ¿Es posible horadar, desde nuestro quehacer, este aparente nuevo orden mundial?

Las personas que nos colaboraron en este número invitan a escudriñar en las grietas, a mirar lo quiebres, los pliegues y todo lo que se filtra entre las rígidas estructuras del poder. Ana Tiagx Vélez nos ofrece una profunda reflexión sobre los archivos del miedo, aquellos que se desclasifican solo para escarmentar, concentrándose en las imágenes de los impactos de los misiles en lanchas que surcan el Pacífico o los registros visuales de las cámaras de vigilancia en contextos de guerra. Su análisis se pregunta si es posible transformar estas imágenes operativas al organizar espacios de intervención que permitan reescribir, literalmente, nuevos significados sobre su superficie. Canela Reyes nos ofrece un artículo que emula el método de trabajo de una mezcla de audio para hablarnos de la escucha compartida y de la cocreación sonora como una forma de resistencia a las estridencias del poder. Por una senda similar se encuentra el artículo de Diana Martínez: una disertación impecable sobre el ruido, la palabra y el silencio en el diseño sonoro de las películas hechas con archivo. Juan Guillermo Pezzotti y Daniel Torres nos sumergen en una conversación a cuatro manos sobre el trabajo del cine artesanal y comunitario como una de las mejores réplicas posibles. Por su parte, Luis Felipe Raguá hace una acertada comparación entre ciertos festivales de cine y los centros de cálculo –concepto propuesto por el filósofo Alain Badiou– para proponer un método que nos permita escuchar voces y pensar en otros circuitos de circulación para las películas con los que se pueda lograr una autonomía que no requiera la validación de los centros de poder y, además, en los que pueda predominar la pluralidad de la representación del cine latinoamericano. Ignacio Agüero nos dedica un bello texto sobre la divagación, que propone pensar este concepto en el cine documental como un acto político en sí mismo. Laura Dávila plantea una rigurosa disertación acerca de la mirada colonial e invita a pensar cómo podemos plantear nuevos caminos para criticar el legado colonial, tomando las cicatrices como puntos de partida que no deben ser ignorados. Por el contrario, son los elementos que permiten construir sentido propio. Clarisa Navas hace un recorrido por los espacios y prácticas de contrapoder que surgieron durante el largo proceso de realización de su película El príncipe de Nanawa. Laura Huertas Millán rastrea el origen de algunas ideas sobre el encuadre, ancladas a ideas renacentistas, que permean la manera en que concebimos la perspectiva y propone desplazar la mirada heredada del eurocentrismo hacia prácticas y conceptos sobre la perspectiva desde las prácticas visuales de Abya Yala y las tecnologías de los pueblos originarios. Laura Alhach propone un texto que emula la estructura de un archivo guardado en cajas. Dentro de cada una hay reflexiones sobre los sentidos ocultos y superpuestos en los archivos; la sobreproducción de imágenes; la fragilidad de los soportes fílmicos; la manera en que se establecen discursos oficiales apoyados por los medios audiovisuales y cómo la reorganización del material del pasado revela la verdad oculta entre las grietas. Everardo González, reconocido documentalista mexicano, conversa con nosotros sobre su obra, especialmente sobre su gran documental, La libertad del diablo. Exploramos con él los dilemas éticos y los postulados estéticos que surgen cuando un relato coral esquiva, de forma deliberada, la dicotomía entre buenos y malos. Finalmente, hemos preparado dos videopodcast que completan este cuerpo de análisis sobre el poder y los contrapoderes: una conversación con Ignacio Agüero a propósito de su obra y una charla sobre Inteligencia Artificial con Daniela Cleves, abogada experta en derechos de autor (DASC), y Ana Guzmán, directora del Lab Digital de la Cinemateca.

Esperamos que nos lean y nos relean, que se suscriban, que compartan y, sobre todo, que se sumen a la remada que nos permite avanzar en esta pequeña canoa.

Gracias.