Como si estuviéramos frente a una mesa de edición de sonido, en la que podemos encender o apagar alguna línea de audio, la autora propone un texto polifónico en el que se mezclan sus experiencias al hacer cine y sus reflexiones sobre el trabajo con otras personas y comunidades, que se sostienen en una relación donde la escucha atenta es la base.
Escribo este texto mientras trabajo, junto con un sonidista francés, en el diseño sonoro de una película que codirigí. Estamos lejos de Colombia. Desde aquí, las noticias de mi país llegan como señales inestables, como si hubieran perdido parte de su lugar de origen.
Paso horas frente a una pantalla llena de canales de audio. Escucho, una y otra vez, voces, pasos, motos, canciones, vientos, archivos viejos, interferencias, golpes a los micrófonos en las grabaciones hechas con celulares. Son materiales dispersos que, al reunirse, construyen una lógica propia.
Cuando estoy en la sala de edición de una película, después de pasar horas cortando y pegando pequeñas cajas de colores que representan a las imágenes, me levanto del computador con la sensación de que el tiempo también podría reorganizarse así, como si fuera posible unir dos instantes separados y borrar todo lo que quedó entre ellos. La mezcla de sonido propone otra relación con el mundo. Ya no una línea de tiempo que avanza, sino capas superpuestas, elementos que a veces parecen inconexos y que, al escucharse juntos, revelan relaciones inesperadas.
Siguiendo esa lógica de capas superpuestas, este texto reúne algunas pistas o canales de audio compuestos por ideas, recuerdos, ruidos, voces y silencios que pueden prenderse o apagarse y que, como ocurre en una mezcla, no siempre encontrarán una forma estable ni una única interpretación.
CANAL 1: RUIDO DE FONDO
El mundo de hoy se compone de millones de imágenes, discursos, opiniones y múltiples versiones de la realidad que se superponen. Un bombardeo en directo / una motosierra convertida en símbolo político / las secuelas de un terremoto vistas desde un dron / un gatito haciendo maromas en internet / un sonidista pidiendo silencio. Todo compite por volumen.
¿En qué momento el sonido se convierte en ruido? Cuando era adolescente y pretendía ser baterista, mi padre me decía que sólo escuchaba “ruido”. En el sonido cinematográfico llamamos ruido a lo que interrumpe una señal principal (una interferencia, los sonidos graves de una ciudad al fondo, un hiss). En la política, sin embargo, el ruido no interrumpe, sino que es asimilado por el sistema. Más que esconder la realidad, al poder le basta con volverla ininteligible. Pienso en la insistencia bélica de Trump; en Milei, que construye un gobierno en contra de su propio país; en De la Espriella, con su complejo de hombrecito macho entrando como un toro brioso en una tienda de porcelana; en Netanyahu, justificando una guerra mientras los sonidos de la destrucción rondan por el globo hasta volverse paisaje. La violencia circula a la misma velocidad que el entretenimiento.
Ante la saturación, creamos burbujas, formas de aislamiento que se alimentan a sí mismas y se vuelven sordas. La indignación termina convertida en contenido autocomplaciente de Instagram y TikTok. Ese entorno, que se presenta como libertad, reduce nuestra posibilidad de escuchar. Pero, a diferencia de la mirada, la escucha nunca puede cerrarse del todo, pues los ojos tienen párpados, pero las orejas no. Quizás por eso el sonido resulta tan potente, porque mientras la visión suele organizarse alrededor de un punto de vista, el espacio acústico es simultáneo y potencialmente ilimitado. En el cine suele ser el camino más directo hacia el inconsciente, afectándonos antes de que podamos procesarlo racionalmente. Los sonidos que circulan a nuestro alrededor también, al igual que el cine, modifican nuestras percepciones.
Mientras escribo esto, el diseñador sonoro francés trabaja con los ruidos colados en las grabaciones en Colombia. Decidimos no borrar el ruido de fondo, dejar habitar las interferencias e imperfecciones que dan cuenta de la vida, y entender que los matices del ruido hacen parte de quienes somos. Catalogar algo como “ruido” depende de quién escucha y de qué decide considerar importante. Así el cine participa en la geografía desigual de la escucha: hay lugares en donde se registra y otros en donde se deciden cómo esos registros deben ser escuchados. Las voces viajan, así como el poder.
CANAL 2: FRECUENCIAS DE CONTROL
Aunque tendemos a pensar el poder a través de imágenes (monumentos, banderas, pantallas, cámaras de vigilancia), el poder también utiliza el sonido de forma deliberada. En Colombia, el ESMAD ha usado granadas aturdidoras diseñadas para producir una sobrepresión acústica instantánea. ¡PAM! Durante unos segundos sólo queda un zumbido persistente. En Estados Unidos y el Reino Unido se instalaron dispositivos “mosquito”, emisores de frecuencias muy agudas de entre 17 y 18 kHz –iiiiiiiiiiiiiii– que buscan expulsar a adolescentes y jóvenes de determinados espacios. En Guantánamo, uno de los métodos de tortura consistía en poner a sonar música a todo volumen, sin pausa, durante horas o días. Boom. Boom. Boom. Bombos repetidos durante horas, guitarras distorsionadas, voces saturadas, ruido blanco, llantos de bebés, canciones con letras ofensivas para los presos y melodías infantiles repetidas sin parar.
En estos casos, el sonido es usado como herramienta de disciplina y maltrato, aprovechando la inmediatez del sonido que se impone sobre los otros sentidos, cortando la orientación, causando miedo, confusión y agotamiento. Su lógica no es argumentar ni persuadir, sino intervenir directamente sobre el cuerpo.
Entonces, la escucha no siempre es ingenua. Algunos paisajes sonoros son creados bajo una serie de decisiones sobre qué cuerpos son bienvenidos o expulsados; qué formas de convivencia se promueven y cuáles se rechazan; qué voces merecen ser destacadas y cuáles silenciadas. Si el sonido se usa para organizar, disciplinar y saturar, ¿es posible oír algo distinto a lo que nos imponen? ¿Qué pasa cuando intentamos afinar la forma en que escuchamos?
CANAL 3: PRUEBA DE ESCUCHA
Ahora, paren un momento.
Lean más despacio.
Cierren los ojos unos segundos y escuchen.
Empiecen por su cuerpo. ¿Qué sonidos hace su boca? ¿Escuchan su respiración? ¿El roce de la ropa contra la piel? Si se tapan los oídos, ¿pueden escuchar la sangre corriendo por las venas?
Ahora fíjense en lo que suena a su alrededor.
No busquen sonidos raros. Tal vez haya un motor, un ventilador, una conversación, un televisor, un insecto.
Identifiquen el sonido más constante del lugar donde están. Después el más lejano.
Quédense unos segundos ahí.
...
Piensen ahora en cuántos de estos sonidos no controlan: tuberías, redes eléctricas, tráfico, infraestructuras, plataformas digitales.
Y cuántos vienen de otros seres vivos.
Hay sonidos que llegan a nosotros todos los días. Otros que casi nunca nos alcanzan.
¿Qué voces viajan más lejos y cuáles quedan atrapadas?
¿Hasta dónde llegan las voces moribundas de países lejanos?
¿Qué de lo que escuchan ha sido seleccionado o editado por otros?
¿Qué queda cubierto por otras capas de ruido? Ahora escuchen sus propios pensamientos.
¿Qué frases repiten? ¿Qué miedos? ¿Qué deseos?
¿Quién habla cuando están pensando?
...
Escuchen otra vez el lugar.
No busquen claridad, busquen interferencias. Intenten identificar algún sonido que no esté ahí. Una voz que recuerden.
Un ruido de otro tiempo.
Algo que los siga acompañando incluso si ha desaparecido.
O quizá un sonido que durante miles de años no haya cambiado.
…
Ahora imaginen que el lugar donde están también los está escuchando a ustedes. Como si también ustedes hicieran parte del paisaje sonoro.
Como si sus pasos, su respiración, su voz y sus silencios formaran parte de la escucha atenta de alguien más.
CANAL 4: SEÑALES FANTASMA
La escucha no siempre termina en lo que efectivamente suena, sino que también puede revelar que las señales del pasado no simplemente se esfuman. Durante años trabajé junto a mis amigos más cercanos en una película en la alta Guajira en la que los protagonistas hablaban con sus difuntos (Carropasajero, Juan Pablo Polanco, César Jaimes, 2022). A través de la imaginación, los familiares de las víctimas de la masacre paramilitar de Bahía Portete incorporaban las presencias de quienes habían muerto. Las hacían pasar por sus cuerpos para comunicarse con los vivos. En un acto de confianza y de trabajo colectivo con la familia, este proceso me enseñó una forma en la que podíamos escuchar las voces de quienes han quedado para siempre bajo tierra. En este caso, voces tan importantes que se habían convertido en las verdaderas “escrituras de propiedad” de su territorio, porque allí el derecho a la tierra no descansa sobre un papel oficial, sino sobre los ecos de sus muertos.

Imagen 2. Las almas ni los ojos (César Jaimes, Canela Reyes, 2026)
En Las Almas ni los Ojos (César Jaimes, Canela Reyes, 2026), convivimos durante años con una imagen que venía del pasado, pero cuyos rostros borrosos nos interpelaban en el presente. Durante este proceso me acompañó una idea que encontré en un texto de Juliana Martínez sobre realismo espectral[1], en el que propone pensar en los fantasmas no como manifestaciones de un pasado concluido, sino como presencias que llegan al presente exigiendo justicia y reparación, ser escuchados. En Colombia conocemos bien esa insistencia. La guerra deja muertos, conversaciones interrumpidas, preguntas generacionales y fantasmas. Buena parte del cine colombiano reciente está habitado por ellos. Pero los fantasmas no aparecen únicamente como personajes o recuerdos, sino como seres que obligan a buscar formas de representación más allá de lo que puede verse o verificarse.
Esas presencias, sin embargo, no surgen únicamente entre los humanos: la película, en cuyo diseño sonoro trabajamos, hoy trata del fantasma de un árbol. En Gigante (Sebastián Pinzón Silva, Canela Reyes), una enorme ceiba que durante siglos fue el corazón de un pueblo, incluso después de caer sigue transformando el mundo que creció bajo sus ramas. Como pasa con otros árboles centenarios, su vida acerca el pasado al presente, trayendo hasta nosotros sonidos de otras épocas.
Quizá los fantasmas botánicos también existen y los árboles no desaparecen del todo. Nos siguen hablando desde la tierra, a través de las semillas y de las voces de quienes aún escuchan su sombra.
Pienso también en los espíritus que me habitan; pienso en mi madre. Uno de los efectos más bellos de escuchar a los muertos de distintos territorios es aprender a escuchar, un poco más de cerca, a los propios. Es por eso que seguimos haciendo películas, por el deseo de conservar las vibraciones tanto del mundo visible como del invisible.

Imagen 3. Gigante (Sebastián Pinzón, Canela Reyes)
CANAL 5: SILENCIO
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¿Qué es el silencio?
CANAL 6: MEZCLA COLECTIVA
Si el silencio existe, quizá sea un espacio en el que la escucha de los otros se hace audible. Aunque existen tantas formas de escucha como personas en el mundo, toda percepción sonora se cruza con la de otros cuerpos y memorias que coexisten en el planeta. Y el cine entra a jugar en esa mezcla.
Hace unos años, durante un rodaje en las selvas del Vaupés, un hombre de la comunidad del Pirá Paraná me dijo una frase que me atravesó como una lanza: “Aquí primero llegaron los caucheros, después los antropólogos y luego los cineastas”. Desde entonces pienso más a fondo en que llegar a un lugar con una cámara y un micrófono nunca es una acción neutra. Muchas veces el documental replica procesos de extracción: recoge relatos, imágenes y memorias que, luego de viajar y ser descontextualizadas, adquieren otro valor.
Las búsquedas de nuestro trabajo han tenido que ver con poner en tensión esa relación jerárquica entre el equipo de producción y los personajes. En este proceso han surgido preguntas muy concretas: cómo se toman las decisiones, cómo se puede compartir la propiedad de las películas y cómo se construye un proyecto más allá del mito –atribuido al director– del supuesto genio solitario. El cine documental también puede ser un espacio para que las personas no solamente estén frente a la cámara, sino que incidan directamente en los métodos de grabación, en las preguntas y en los elementos estéticos de las películas. De estas inquietudes emergió una manera de rodar que más adelante empezamos a reconocer como cocreación.
La película cuyo sonido estamos diseñando ahora, y que codirijo con Sebastián Pinzón, mi compañero de aventuras, es quizá la apuesta más radical de este camino. En un experimento construido junto a los habitantes de Gigante (Huila), una antigua leyenda empieza a tomar forma después de la caída de la gran Ceiba de la Libertad, y los protagonistas son quienes “documentan” lo que imaginan, usando sus celulares. Esa dinámica, que desplaza la idea de autoría, es herencia de una práctica anterior del pueblo donde existió un movimiento comunitario que producía sus propias noticias en forma de juego colectivo y las proyectaba en la plaza principal, donde cientos de giganteños se reunían alrededor de un pequeño televisor que rodaba la cinta. A través de este acto de soberanía narrativa, el pueblo convertía el ejercicio de escucharse y filmarse en una forma de mantener viva su comunidad.
Esa posibilidad de imaginar con otros es algo que se produce más fácilmente en la escucha que en la observación visual. En distintas películas hemos trabajado con personas que les hacen preguntas a sus muertos, dialogan con rostros congelados en fotografías o inventan futuros posibles para sus comunidades. En un mundo donde la xenofobia, el clasismo y otras formas de exclusión se expresan cada vez con menos pudor, la imaginación también puede abrir caminos que la realidad parece cerrar. En lo personal, si busco la razón más honesta y menos heroica por la que he escogido el cine como forma de vida, creo que la respuesta está en la posibilidad de compartir la vida imaginando junto a mis amigos y de convertir en amigos a quienes sostienen estos procesos durante años. Esa continuidad también transforma la manera en que escuchamos.
Mientras escribo estas últimas páginas, sigo entrando y saliendo de la sala de sonido. Desde este otro lado del océano, escucho distinto las voces de Colombia. La distancia me hace pensar menos en quienes gobiernan el país y más en quienes lo sostienen. Pienso en el cine independiente, en los movimientos sociales, en los colectivos espontáneos, en las pequeñas instituciones, en los amigos, los colegas y las comunidades enteras con las que hemos compartido este camino y que hoy enfrentan riesgos graves frente a formas de poder cada vez más autoritarias.
Me viene a la cabeza un recuerdo de la Feria de Cali el año pasado: comienza con dos motos de policía que llegaron a imponer sus alarmas bullosas para desalojar una fiesta callejera y termina con una inmensa coreografía colectiva donde cientos de personas bailaban alegremente alrededor de los policías al son de sus sirenas. Si a través del sonido se ejerce control, podemos encontrar allí fisuras, y las mismas frecuencias con las que se busca disciplinar pueden convertirse, de pronto, en el ritmo de una colectividad. Y así como en Gigante el pueblo afronta el dolor usando la narración, quizá frente a la incertidumbre del futuro de Colombia no haya una respuesta única, sino algo más frágil y más real, como la posibilidad de sostener una escucha compartida desde la que podamos imaginar nuestra comunidad.
[1] Martínez, J. Más allá del fantasma. Realismo espectral en la literatura, el cine y el arte en Colombia. Trad. Patricia Gómez Londoño. Ediciones Uniandes, 2024





