Insistir en las huellas

por Laura Dávila

Imagen 1. América, sacado de Nova Reperta. Grabado, c. 1600. Theodor Galle, dibujado por Jan van der Straet [Stradanus], Museo Metropolitano de Arte, Nueva York, Estados Unidos.

En este texto la autora persigue el rastro de una violencia longeva, heredada desde la época de la colonia. Con la selección de algunos documentales señala cómo ha habido películas que indagan en el pasado para hacer evidente las heridas, ver a través de ellas para entender cómo a lo largo del tiempo las imágenes se transforman, se desplazan y actualizan los significados impuestos.

En el grabado de Theodore Galle America (c.1580), Americo Vespucio observa a una mujer desnuda que parece dirigirse a él con un gesto de ¿protección?, ¿pregunta? Del lado del hombre: los barcos, la cruz, un astrolabio y un estandarte cristiano; del lado de la mujer: los animales, una maza y un banquete caníbal.  El imaginario colonial comenzaba su camino.

El poder no es sólo político, sino también religioso: se sostiene en un paradigma civilizatorio que convierte al Otro en un objeto dispuesto para ser clasificado, ordenado y explotado. ¿Acaso se trata de una herida primaria? América sería a menudo representada como una mujer—generalmente desnuda—, reforzando el imaginario colonial en donde las mujeres se consideran más cercanas a la naturaleza y, en consecuencia, en un lugar de menor valor. Esa naturaleza aparentemente salvaje, primitiva y desprovista de forma para la mirada del hombre blanco, deberá ser ordenada y domesticada para ser comprendida. En otras palabras, deberá volverse útil para quienes reclaman poseer sus tierras, sus cuerpos y sus formas de vida con el objetivo de apropiárselas y explotarlas. Las relaciones de apropiación, desposesión y explotación de la naturaleza establecidas a lo largo de la historia permiten que el mundo natural sea incorporado al mundo de la propiedad[1]. Pero estas formas de relacionarse no desaparecen con el tiempo: se transforman, se desplazan y se actualizan.  Si la colonización produjo determinadas formas de mirar y representar los territorios, ¿qué ocurre con esas imágenes cuando sus efectos continúan inscritos en los cuerpos, los paisajes y las memorias?

La colonización instaura un régimen visual, una manera de mirar, describir y representar. Mirar no es simplemente registrar lo que existe en un territorio determinado, sino producir las condiciones para su clasificación, domesticación y posesión. Las imágenes coloniales no solo muestran un territorio, sino que participan en la construcción de su significado. Este régimen visual desborda el momento histórico que lo produjo y permanece inscrito en nosotros y lo que nos rodea. ¿Cómo se podría alterar?

Insistir en las huellas

Quizá una manera de sacudirse ese régimen instaurado, al que la mirada ya se ha acostumbrado, se encuentre de Strata of Natural History (2012) de Jeannette Muñoz. Ella recorre distintos espacios físicos y temporales entre Chile y Alemania: zoológicos, calles, fuentes y trayectos en tren en los que el pasado parece superponerse al presente. Las imágenes de turistas se sobreimprimen a los retratos de los Kawésqar en la Patagonia chilena, cuyas fotografías, tomadas en un estudio de Berlín en 1879, registran el desplazamiento de hombres y mujeres que fueron llevados a Europa para ser exhibidos en los llamados zoológicos humanos. El cuerpo aparece como uno de esos lugares donde la mirada colonial deja su huella. Al convertirlo en objeto y espectáculo es arrancado de su territorio para ser inscrito en otro régimen de representación.  Una mirada que, al mismo tiempo que pretende estudiarlo, determina quién puede ser reconocido como plenamente humano.

La película no intenta reconstruir la historia de manera lineal. Por el contrario, las imágenes, lugares y tiempos coexisten. La sobreimpresión no solo superpone dos imágenes, sino que hace visible la persistencia de un tiempo sobre otro. El pasado no aparece como algo concluido, sino como una capa que continúa afectando la mirada del presente. Es quizás en esta coexistencia donde la película encuentra una forma de hacer visible la historia: no como una sucesión de acontecimientos separados, sino como una acumulación de estratos que permanecen activos y que el cine puede reactivar, poner en relación o hacer perceptibles. La historia no está detrás de las imágenes, está también en ellas, adherida a sus superficies, a sus texturas y a esos cuerpos sobre los que se inscribe el tiempo.  Si, como señala Ariella Aïsha Azoulay, “el archivo se estableció como un umbral neutral que separa el pasado y el presente, la historia y la política” (Azoulay, 2019, p. 16), Strata of Natural History parece trabajar precisamente contra esta separación. La película desestabiliza la supuesta neutralidad del archivo y hace visible aquello que esa separación tiende a ocultar: que toda imagen del pasado continúa teniendo efectos sobre el presente y que toda forma de mirar es también una forma de intervención.

En cierto modo, la película construye una forma de opacidad al hacer coexistir distintas épocas, lugares y perspectivas históricas sin resolverlas en un único sentido. Las fotografías de los Kawésqar no aparecen como documentos transparentes capaces de devolvernos intacta una historia del pasado, puesto que sus sentidos se desplazan y permanecen abiertos. Esta opacidad puede entenderse como una resistencia a la exigencia colonial de volver al Otro completamente legible. En lugar de fijar una linealidad, permite imaginar las múltiples relaciones con esas imágenes y hacer visible la persistencia del pasado.

Jeannette no solo utiliza las imágenes del pasado para trastocar el presente y cuestionarlo detenidamente, también atiende a los desplazamientos que esas imágenes han provocado en los territorios y a las relaciones de poder que esos tránsitos ponen en evidencia. El viaje de las imágenes se convierte en otra forma de huella: una marca de los desplazamientos de los cuerpos, pero también de las formas en que el conocimiento colonial produjo y organizó una determinada y supuesta historia natural. Entonces, ¿por qué insistir en trazar esas huellas? Posiblemente porque, como también lo menciona Édouard Glissant, la huella permite cuestionar la idea de un tiempo único y lineal: abre otros tiempos cruzados, superpuestos y desviados que hacen posible leer el presente como un espacio donde el pasado continúa actuando. Además, la huella no puede poseerse, es tan solo un indicio. Al mirar las huellas de la historia, el tiempo se deforma, se multiplica y se quiebra (Glissant, 2006, p. 23).

 

Imagen 2. Plano Strata of Natural History (Jeannette Muñoz, 2012).

Imagen 3. Plano de Strata of Natural History (Jeannette Muñoz, 2012).

 

¿Paraíso o enfermedad?: el laboratorio colonial

Otro camino para cuestionar los regímenes de visualidad impuestos por el pensamiento colonial se presenta en Black Beach/Horse/Camp/The Dead/Forces (Santiago Muñoz, B., 2016). Para empezar, quisiera retomar las ideas del filósofo Malcolm Ferdinand, en las que explica que el laboratorio es un espacio aislado del mundo, donde por medio de una relación de poder entre un ayudante de laboratorio con un objeto, una materia, un animal humano o no humano, está permitido aquello que no se permite fuera de este lugar (Ferdinand, 2019, p. 170). Estas ideas se ajustan a la historia de Vieques en Puerto Rico, un territorio delimitado en el que, durante décadas, fue posible experimentar con armas y sustancias cuyos efectos continúan recayendo sobre los cuerpos humanos y no humanos que lo habitan. Este es el contexto al cual se enfrenta Black Beach/Horse/Camp/The Dead/Forces.

Un hombre permanece en una playa aparentemente solitaria. Lo vemos cuidar de los caballos, recoger algunas ramas de las palmeras, recorrer el espacio. Hay dos niños en el mar: uno sostiene un esqueleto de plástico, mientras que el otro juega con las olas. Una mujer intenta curar un árbol sagrado que ha enfermado. El tiempo parece transcurrir de manera fragmentaria, suspendido en una aparente calma.

Isla de Vieques 136 k.m.2

105 k.m.2 usados como laboratorio militar de la marina estadounidense entre 1941 hasta 2003

daños ambientales irreparables

campo de pruebas de armas y bombas

napalm

bengalas

armas de uranio empobrecido

10.000 habitantes confinados en una franja en medio de la isla

¿paraíso o enfermedad?

En la película no vemos las bombas, ni los ejércitos militares, ni las armas que hicieron de Vieques un laboratorio. La presencia de un esqueleto de plástico entre los juegos de los niños introduce, además, una extraña convivencia entre la vida, la muerte, la naturaleza y el artificio. La violencia aparece camuflada en el paisaje, los cuerpos y los gestos cotidianos. Puerto Rico es presentado a menudo como un destino turístico paradisíaco del Caribe, un destino vacacional al amparo de la típica imagen postal: sol, playa de arena blanca, descanso —para quienes pueden pagarlo—. Esta imagen construye un territorio aparentemente disponible para el disfrute y desplaza aquello que permanece fuera de campo: las relaciones históricas de poder inscritas en el paisaje. La película parece desviar esa mirada. No abandona la playa ni el paisaje, pero los hace aparecer de otra manera: como superficies donde persisten las huellas de una historia que la imagen turística tiende a borrar.

Frente a la imagen de un territorio dispuesto al descanso y el disfrute, se muestran acciones aparentemente mundanas: un hombre que cuida caballos, niños que juegan en el mar, una mujer que intenta curar un árbol. En el contexto de Vieques, estos actos adquieren otra dimensión y pueden leerse como formas de resistencia frente a la violencia histórica que permanece en el territorio. La mujer no intenta reparar el pasado –una tarea quizá imposible–, sino atender aquello que permanece afectado por él. Quizás sea en ese gesto donde la película encuentra una forma de resistencia: no borrar la herida, sino prestar atención a aquello que todavía requiere cuidado. Si en Strata of Natural History las imágenes contienen las huellas de la mirada colonial, en Black Beach/Horse/Camp/The Dead Forces es el territorio el que conserva las marcas actualizadas de esa violencia.

Imagen 4. Plano Black Beach/Horse/Camp/The Dead Forces (Beatriz Santiago Muñoz, 2016).

Imagen 5. Plano Black Beach/Horse/Camp/The Dead Forces (Beatriz Santiago Muñoz, 2016).

[1]Bowler, 1992, como se citó en Nieto Olarte, 2019, p. 5).