Cuando era niña acostumbraba ir de vacaciones a una playa del Pacífico mexicano. Pasaba tantas horas al día entre las olas del mar que cuando me acostaba a dormir me parecía que mi cuerpo seguía meciéndose.

A veces la marea era fuerte y me fascinaba hallarme frente a esos imponentes muros de agua, atravesarlos por lo hondo y salir del otro lado, saludando al horizonte. A pesar de ser una buena nadadora, una día me revolcó una ola inmensa. Recuerdo esa sensación como algo particularmente desagradable, incapaz de salir a la superficie a respirar, azotada con violencia por fuertes sacudidas de espuma y arena, perdiendo la noción del arriba y el abajo, resistiendo con angustia en apnea forzada. Cuando logré sacar la cabeza, estaba lejos de donde había entrado, con los pulmones llenos de sal y muy desconcertada. 

Si cierro los ojos ahora, casi treinta años después, puedo volver a sentir esa sensación. En algún lugar de mi cuerpo permanece intacto ese recuerdo.

 

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En marzo de 2020 rompió sobre mí la ola coronavirus. Me encontraba entonces en la Escuela Internacional de Cine de Cuba, a cargo de la Cátedra Documental. Allí vivía con decenas de estudiantes y profesores dedicados al estudio y la práctica del cine, en un lugar remoto del campo cubano, hasta que la diminuta molécula que paralizó al mundo encontró su camino hasta nosotros. Si bien tuvimos la fortuna de no perder a ningún ser querido en el impacto, la corriente sí se llevó todos los proyectos que estaban por filmarse así como la ilusión de culminar los planes académicos que habíamos proyectado. En pocos días tuvimos que despedirnos, separarnos y abandonar ese hogar. Con mi esposo y mi pequeña hija volví a Europa, donde habíamos vivido antes, en un país sin mar.

 

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Jamás olvidaré las veintidós horas que tuvimos que pasar en el aeropuerto de Ámsterdam antes de llegar hasta nuestro antiguo apartamento. El silencio en la terminal era apabullante. Algunos cuerpos enfundados en trajes de protección blancos, con guantes de látex, tapabocas y gafas transparentes, yacían agotados en el suelo o sobre alguna silla. Supuse que eran viajeros asiáticos a los que ya habían autorizado a volver a sus países. Mis sensaciones oscilaban entre un extraño placer por ser testigo de algo insólito y el terror de quien tiene enfrente a un monstruo. Cuando cayó la noche y logré que mi hija se durmiera, di una vuelta por la terminal y saqué algunas fotografías. Por debajo de los muebles del McDonald’s cerrado corrían las ratas.

 

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La crisis sanitaria también afectó los planes de exhibición de mi segundo largometraje, que acababa de estrenarse y, con los cines del mundo entero cerrados, los encuentros virtuales para presentarlo comenzaron a ocupar todo mi tiempo. Confinados en nuestro apartamento recuperado comencé a pasar días y noches en la cocina, frente a mi computadora de once pulgadas, totalmente inmersa -y un tanto anestesiada- en el vertiginoso ritmo del universo digital. No quiero reducirme a un dato digital. No quiero reducirme a un dato digital, me repetía constantemente. Pero antes de poder tomar acciones, ya había dado click para acceder a una nueva sala virtual. 

Esa fue la realidad de muchos cineastas alrededor del mundo. Nos invadió una suerte de necesidad colectiva, un frenesí por asegurarnos un lugar en lo virtual, que creo que pronto nos rebasó. Después de meses así me di cuenta de que estaba agotada, desganada, desesperanzada… Y es que quizás fuimos demasiado lejos.

Al hacer el ejercicio de cerrar los ojos, después de horas y horas de encuentros virtuales, no logro tener ninguna sensación. En mi cuerpo no se ha grabado huella alguna.

¿Con qué se habrán quedado los espectadores?

 

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A los cineastas como yo nos gustan los seres humanos. Nos encantan los buenos “accidentes” de la realidad, los encuentros casuales. Ignacio Agüero dice que son esos pequeños detalles los que nos confirman que el mundo está lleno de magia. Eso que Puri, mi maestro de cine en Cuba, llamaba “Yunfa”. Destellos de poesía y belleza que nos permiten sobrellevar el misterio de nuestra existencia. 

Sin embargo, después de semanas de este nuevo modo de “vivir”, todo eso había desaparecido para mí. Lo virtual había vencido a lo real y en el proceso de miniaturización de las pantallas creo que desaparecí.

 

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Como quien se aferra a un salvavidas en la más ardua tormenta saqué del armario mi cámara y empecé a filmar. Con el ojo en el visor comencé a capturar los ínfimos detalles que, desde mi ventana, me confirmaban que allá afuera la vida seguía siendo la vida. La que yo conozco. La que me conmueve. La que me obsesiona. Y así descubrí a una pareja de palomas que intentaban, a lo largo de varios días, hacerse un nido sobre el balcón de enfrente. Desde la ventana de mi cuarto me detuve por primera vez a observar a una vecina que se asoleaba todas las tardes, estirando las piernas sobre una silla para recibir hasta el rayo más pequeño. Por primera vez tomé consciencia del reflejo de la luz en la vitrina donde guardo las tazas de té y del número de ambulancias que pasan cotidianamente, sin que pueda verlas.

 

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En su más reciente libro, escrito en parte durante la pandemia, Jean-Louis Comolli escribe: El calvario que acabamos de atravesar y que no ha terminado de atravesarnos habrá tenido pues el mérito, como tantas ocasiones -y la mayoría de ellas en vano- de abrirnos los ojos a tal o cual aspecto de lo que nos aliena -así como de lo que nos libera. 

 

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Quiero creer que no todo ha sido en vano.

 

Ginebra, 25 de mayo, 2021